A principios del siglo XIX, en Mula había al menos 16 familias estigmatizadas por el Santo Oficio. Sabemos esto, porque así consta en documentos de dos siglos atrás al hacer referencia a los sambenitos expuestos en las iglesias de Mula. El sambenito, era una prenda infamante que la persona condenada por el Santo Oficio había de llevar hasta el día de su muerte, y una vez muerta esa persona había de ser expuesto en la iglesia, para escarnio a las generaciones futuras de la familia del condenado, las cuales estaban obligadas a reparar la prenda caso de que con el transcurso del tiempo esta se deteriorara. Es decir, la sentencia no acababa con la muerte del condenado, sino que era extensible a las generaciones futuras, por los siglos de los siglos.

Teniendo en cuenta que la familia antigua era más numerosa que la actual y no se limitaba a parientes directos de primera linea consanguínea, sino que era extensible a toda ella, y esta se ampliaba con el transcurso de los años y hablamos de un espacio temporal de dos siglos, se deduce que los estigmatizados eran cientos, si acaso no miles de personas, ya que en las poblaciones cerradas y un tanto aisladas como Mula era frecuente el esposamiento entre parientes y ello implica que ese parentesco estuviese muy extendido a modo de red familiar, tanto más extensas cuanto más dilatadas en el tiempo.

La estigmatización secular de 16 familias, teniendo en cuenta que hemos de hablar de proles numerosas como así consta en el Libro de las Familias de Mula, de Antonio Maurandi, da como resultado esas cifras que se han calculado.

Claro está que esa gente era poco cuanto podía hacer para desligarse de esa humillación, máxime si eran familias empobrecidas, que lo eran, por esa misma circunstancia del estigma, el cual les impedía prosperar en el escalafón social muleño.

Cabe entender, teniendo en cuenta esto, que el deseo callado de esas familias era que algún día se extinguiera ese Tribunal de Tinieblas que les había sumido en la miseria.

Ese tiempo llegó con José Bonaparte, y así consta en el 2º punto de la Constitución redactada en Francia que nos trajo, que en España no tuvo validez dada la guerra que se desató en 1808, aunque en Las Cortes de Cádiz volvió a salir a colación, cuatro años después, aunque tímidamente.

Cuando por vez primera se materializa es en 1820, tras el pronunciamiento del general Rafael de Riego, y un mes antes de la Semana Santa de ese año caen hechas astillas las puertas de las cárceles de la Inquisición en Murcia, y muy posiblemente en los pueblos con cárceles inquisitoriales, Mula tenía la suya, siendo liberados los presos.

En el mes que separa la destrucción de las cárceles de la Inquisición y la Semana Santa, hay tiempo más que suficiente para armarse de tambores y tratar de arruinar las manifestaciones religiosas que el nuevo alcalde de la villa, liberal moderado, no tuvo el coraje de prohibir.

Al respecto, he de decir que las procesiones dependían de la parroquia de Santo Domingo, santo emblema del Tribunal abolido, e iglesia donde habían estado expuestos los sambenitos. Claro está que el liberalismo moderado se desmarcaba en poco del absolutismo, ya que estaba compuesto por viejos carcamales del antiguo régimen que trataban de nadar y salvar la ropa, mientras la juventud y esas familias estigmatizadas deseosas de revancha se encontraban en las filas del liberalismo radical. Así, abolida la Inquisición, ni alcalde ni corporación pretendieron ir más lejos de donde habían llegado, pero los jóvenes cachorros y esas turbas debieron decidir por su cuenta acabar lo que habían empezado. Esto es, arruinar las procesiones programadas para Semana Santa, llevando la tamborada a tres días con sus noches. Los tres desfiles procesionales documentados desde el siglo XVII tienen lugar los días Miércoles, Jueves y Viernes Santo, que coinciden con la duración de la “antigua costumbre” citada por Orts. Tres días con sus noches.

¿Y por qué con tambores? Pienso que por la familiaridad que el muleño tenía con este instrumento, que le viene del siglo anterior, concretamente de 1744, cuando coincide en Mula una muestra de Tambores de guerra con motivo de la festividad del patrón de la villa, y la rotulación de sendos instrumentos en la gola de la fachada lateral del palacio del Marques de Menahermosa. Y a ello sumar el interés que suscita el tambor en la milicia liberal, donde gran parte de la juventud muleña de época está integrada.

Y puesto que hay que dar encaje a esos tres días con sus noches de batida, en ningún otro apartado de la Historia de Mula lo encontramos, tan claro como aquí.

Esta es una observación que no consta en El Libro de los Tambores de Mula, al no estar arropada por documento alguno sino basada en la lógica. Sí consta en mi ensayo “Las Noches de Los Tambores de Mula” y en mi “Homenaje a Moratalla”. Pero esta hipótesis se descartó en favor de otra hipótesis que presentó mi compañero de avatares, que no voy a desentrañar aquí por parecerme ridícula, y así se lo hice saber mientras aunábamos criterios. De hecho estuve a punto de abandonar el proyecto de edición, precisamente por ello. Si no lo hice, fue porque el borrador estaba muy avanzado y habría ajado un trabajo que costó muchos meses conjuntar.

Hube de hacer de tripas corazón, a fin de mantener la fiesta en paz. Pero esa fiesta ya acabó hace meses.

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MANUEL RISUEÑO.
Diciembre, 2018.

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